domingo, 25 de septiembre de 2016

Ser el último...

Reconozco que en este tiempo de asueto me he dejado llevar en demasía y he olvidado los días de entreno, de sudar la gota gorda y de devorar kilómetros. Por otro lado, me lo debía y es verdad que me he obligado a ello. Es bueno alejarse de aquello a lo que le dedicas tanto tiempo, a ver qué sensaciones y pensamientos hacen acto de presencia por tu cabeza. Pero claro, volver a retomar desde el punto donde lo dejaste, no se puede. Hay que empezar desde mucho más atrás y cuesta...cuesta mucho.

Por eso debía buscar algo para reactivarme y no hay nada mejor que apuntarte a una prueba para ello (nota mental: hay que elegir bien la prueba). Así que me dejé llevar por el escenario y me arrastré a realizar mi primera travesía: Cruzar a nado la Bahía de Cádiz. Lo que en otra ocasión me hubiera parecido un completo imposible, tras el Ironman, yo me creo que me pueden echar lo que quieran y claro...pasa lo que pasa. El entreno digamos que ha sido discreto, por llamarlo de alguna forma, ni mucho menos lo necesario para una prueba así, y más para mí, que todos sabemos ya como me va en el agua, pero no quería rehuir de mi criptonita y una vez más, me lanzaba a enfrentarme a aquello que podía tumbarme.

Creo que no fui consciente de dónde me había metido hasta que no bajamos del autobús y a más allá de 5km se podían divisar con cierta dificultad las famosas torres de la Casería, que parecían estar mucho más lejos de lo que pensaba. Bueno, esto es nadar, nadar y nadar, así que vamos allá.

Evidentemente me iba a colocar en el primer grupo, que salía antes que los demás para tener más margen, antes de que nos fueran adelantando los que nadan como si llevaran turbinas. Era consciente que iba a perder al grupo y me iba a quedar atrás, cosa que pasó en el primer km, pero íbamos perfectamente acompañados de piragüistas que iban velando por nuestra seguridad. El perder el grupo no me generó ninguna ansiedad, pues sabía que tarde o temprano, pasaría, pero no quería que por verme solo, me pudieran eliminar de la prueba. La verdad que era una oportunidad única en un marco incomparable y no la quería desaprovechar.

Los grupos comenzaron a pasarme y un rato después del avituallamiento, me quedé rezagado del todo. Ya no se avistaban nadadores por detrás y solo un grupillo pequeño se divisaba al frente, que me servía más o menos para orientarme. Y digo más o menos porque quien me estuviera viendo comprobaría que iba dando bandazos como si fuera Dory. Soy todo un novato en esto...pero un novato orgulloso.


Y allí estaba yo. En mitad de la bahía, dándole manotazos al agua y peleándome con las algas por el camino. ¡Hasta se me quitó el gorro! A lo Alistair contra Mola, pero yo solo. Todo un espectáculo vamos. El caso es que fui acercándome metro a metro a unas torres que parecían no llegar nunca. Empezaron a aparecer molestias y notaba las brazadas cada vez más torpes, pero mi único temor era que el barco de la organización se acercara para decirme que lo dejara. 

Enfilo por fin la entrada. Era el último nadador, pero no me importaba; es más, siempre quise ser el último en alguna prueba, probar la sensación de ser el primero de los que no lo hacen. Ser el último significa dar un paso que no todo el mundo se atreve a dar. Había llegado y eso para mí era más que una meta. Si la natación del Ironman ya me parecía una odisea, cruzarme 5km y pico nadando en mar, imagínate.

Muy contento y un poco mareado, logro subirme a la plataforma y me dirijo a que me curen una pequeña herida que me he hecho con una piedra (encima, apaleado). Camino de casa noto que no puedo quitar la sonrisa de mi cara. Y es que parece que hemos tachado una cosa más de mi lista de cosas que pensé que nunca haría...